“[Los jardines] revelan la necesidad de tierra que tiene el hombre, de moverla, de tocarla: la necesidad de volver a las raíces. Estoy seguro de que buena parte de la infelicidad de las personas se debe a haber cortado estas raíces.”
Umberto Pasti. Jardines. Los verdaderos y los otros.
Un jardín de emergencia nace de la confluencia entre las artes plásticas, la arquitectura y el audiovisual, conformando una práctica de arte relacional que ambiciona con repercutir en la realidad social de los barrios en riesgo de marginación de la ciudad de Puente Genil.
Ante la incesante pregunta sobre los temas que ocupan al arte y la arquitectura, se concibe el proyecto Un jardín de emergencia. Un trabajo, que desde una perspectiva transversal, desplaza su mirada hacia cuestiones de indudable urgencia como lo son la sostenilidad social, cultural y medioambiental, cuyo desequilibrio se ve acentuado en ámbitos urbanos marcados por la pobreza y un alto riesgo de exclusión.
A lo largo de los años 80 y 90 se llevan a cabo numerosas actuaciones urbanísticas a escala autonómina con el ánimo de dar respuesta a la demanda de vivienda de un gran volumen de población con recursos limitados.
En concreto, en Puente Genil se construyen tres núcleos habitacionales: Barriada Poeta Juan Rejano, Barriada Francisco de Quevedo y bloques en calle Bailén. Como se recoge tanto en el II Plan de Barriadas (2010-2014), como en el Plan Local de Intervención en zonas favorecidas ERACIS (2019), el aislamiento de estas viviendas con respecto al resto del municipio, la falta de servicios cercanos y la concentración de población en riesgo de exclusión social y cultural; unidos al diseño urbano, la tipología de bloque de vivienda aislados y los bajos estándares en la calidad constructiva de los edificios, dieron paso directo no a la solución de la escasez de vivienda digna sino a la creación de guetos.
Ante una complejidad tal, y en coherencia con la pequeña embergadura del proyecto, no parece posible plantear soluciones directas. Sin embargo, sí parece lógico comenzar a sembrar semillas. Empezar a caminar en otra dirección dentro de estos territorios olvidados, desplazados, invisibilizados. Crear conexiones entre barrios donde hasta ahora se habían levantado barreras.
En este sentido, el verde parece tener gran potencial para convertirse en el mejor aliado hacia un cambio. Las infraestructuras verdes (parques, corredores, bulevares,…) funcionan como espacio amortigüador y de conexión y encuentro entre tejidos del espacio urbano con diferente carácter.
Un jardín es un oasis, un espacio de belleza con capacidad de mejorar nuestra relación con el entorno físico (topofilia) y afectar al mismo tiempo positivamente en la autoestima de los que allí habitan. Desde su propia creación, un espacio verde, puede convertirse en una plataforma óptima, un punto de encuentro y aprendizaje para un trabajo transdisciplinar desde el que gestionar la realidad compleja de estos barrios: arte, arquitectura, diseño urbano, trabajo social, educación,… Y todo ello desarrollado de una manera participativa y abierta.


















